Yo soy (psicóloga) “especialista en clínica”, que es lo que me dijeron que tenía que ser para poder ayudar profesionalmente a las personas con “problemas emocionales”, “trastornos mentales”... o, en definitiva, las personas que buscan ayuda porque algo funciona mal en su vida y les genera sufrimiento. Con la especialidad en clínica (PIR) te formas en un centro hospitalario, con psicólogos clínicos y psiquiatras, donde aprendes a diagnosticar y a tratar a personas con diversos “trastornos”: depresión, ansiedad, psicosis, conductas adictivas y un largo etcétera.
En los últimos años, la psicología clínica se ha ido subespecializando; por un lado, la formación PIR se ha ampliado y se han abierto nuevas áreas de competencia; por otro lado, da la sensación de que la formación de postgrado se multiplica a velocidad de vértigo. Ya no vale con ser psicólogo clínico; hay que ser especialista en algún trastorno. En los centros privados se ofertan puestos de trabajo a los que sólo se puede acceder si se ha hecho, por ejemplo, un máster en “trastornos de la conducta alimentaria” o en “drogodependencias”. Dejando a un lado las evidentes razones económicas (un máster es una fuente de ingresos nada desdeñable para la Universidad o Centro que lo imparte), esto me parece un reflejo de la progresiva especialización y tecnificación del mundo moderno. El conocimiento en casi todos los ámbitos crece a pasos agigantados y es necesario seleccionar un área muy pequeña para poder abarcarla y profundizar en ella hasta convertirse en experto. Esto podemos verlo en numerosas profesiones, como por ejemplo la física o la informática.